Con Otis en la bodega Viñas del Vero y Blecua

El pasado viernes, 7 de noviembre, asistimos a la celebración del 160 aniversario de OTIS, evento que reunió en Viñas del Vero a varios profesionales de la zona noreste.

En la fotografia Anabel Franco y Francisco Molina

 

Anabel Franco y Francisco MolinaBodega BLECUA

Hippies

Elvira y Adelina, dos mujeres hechas, madres cincuentonas, miran sin pudor ni complejos, -sin torpeza- a este cuarteto de holandeses, que asomados al litoral, lucen y ejercen su hippismo veraniego; acodadas en la proximidad están dispuestas a protagonizar un interrogatorio benévolo, aunque sea sordo o afónico. En el Benelux, en Amsterdam por ejemplo, es fácil encontrar en la barra de algún pub, a alguno de ellos, ahora ya maduros, que te hablan en español de esos pueblos costeros de su juventud. En esta época, año 1969, en las provincias de interior no se veían ni por supuesto habitaban hippies; como mucho en Barbastro, por ejemplo, te encontrabas con algún moderno, o estrafalario o raro. De estos había en todas partes. Luis Carandell decía que el hippie en España era “casi una postura heroica”; lo que abundaba eran los hippies de temporada. La apostura para ir a Ibiza unos días, fumar, beber y vivir tu hazaña. Estos de la fotografía no se defienden de la probabilidad de ser observador, más bien lo buscan, excepto la que se esconde detrás del otro.
El fotógrafo captura a estas mujeres en el centro de la imagen, -ese era su propósito- como protagonistas de la escena, un protagonismo trasversal, compartido con los otros, los hippies; no está probado que lo fueran, aunque sea creíble; tal vez fueran de pacotilla. Ellas, las mujeres procaces que miran, se sujetaron el pelo que el viento cruzado despeinó, el viento que entró por las ventanillas abiertas del coche. Ambas se acercan para asegurar la posición y observar con deleite; una lo hace con cinta blanca y bolsillo de ojal con solapa y la otra con horquilla grande y brazos cruzados. La primera es de Campo la otra es turolense.
Esa misma noche, en la tertulia nocturna de “los Osca”, hablaron de esos hippies que se encontraron en la Rambla de Villanueva y la Geltrú, mientras esperaban que pasara la cabalgata. Solas en esa rambla repleta de gentío, perseguidas por el fotógrafo hasta el muelle de los pescadores, hasta el museo del ferrocarril. Un retratista fotógrafo profesional y francés. Ellas solo hablaron de esos desastrados: del que iba descalzo, del de las gafas sin camisa, de la chica con las rodillas deformes. Después solo el pitido lejano y agónico de algún tren rompió el silencio pausado de la noche.
En la botiga del fondo, bajo unas letras deslucidas, en la bodega bajo el rótulo en cursiva, en la oscuridad de ese celler, se descubre un rostro espectral que mira al autor de la imagen, que nos mira a todos nosotros.  Articulo publicado en El Cruzado Aragonés el día 14 de agosto de 2014. Por Francisco Molina Solana

El Club Universo

Artículo publicado en El Cruzado Aragonés el día 13 de diciembre de 2013. Por Francisco Molina Solana.

Pasar por delante de los espejos de la sastrería Román era una virguería, una atracción de feria, un juego de la geometría que reflejaba figuras deformes en lunas cóncavas o convexas; nadie se resistía a asomarse o ponerse delante de ellos: los soldados de los cuarteles se mostraban por si se reconocían, los niños lo hacían apiñados y muertos de risa, los comarcanos se sonreían; eran un motivo para acordarse de Barbastro. Este sastre se instaló en nuestra ciudad después de aprender el oficio en Barcelona y pasar por París, y lo hizo en la Plaza del Mercado, después abrió taller en la primera planta de casa Palá, una estancia con techos altos y suelo ajedrezado – pienso. La tienda del Coso la inauguró el mismo año que se funda la peña Ferranca, con esos cristales que Martín Pera enmarcó para resistir  la intemperie, roturas y algún intento de robo; espejos  para el recuerdo colectivo que  conserva su hijo Victor.

Pasar por delante de los expositores giratorios  de la papelería Moises y darles un impulso era obligado. Esta papelería abierta en 1936 tenía una puerta con cristales de colores, una vidriera con formas cuadriláteras, sucesión de cuadrados y rectángulos; en su interior estanterías con anaqueles repletos de artículos -en lo más alto papel higiénico “El Elefante”- y el suelo de madera: largas tablas que crujían; lo más vendido: cuartillas y sobres, sobres de todos los tamaños y formas, sobres y cuartillas de luto. Se vendían libros de contabilidad, carteras escolares para todo el bachillerato, revistas de corte y confección; las plumas estilográficas, los bolígrafos Parker y Montblanc eran de estraperlo, efecto de la autarquía –cuando llegaba el viajante, precedido de una tarjeta postal que lo anunciaba,  descubría  un muestrario que ocultaba en el envés del abrigo para elección del comerciante-. Después con los años las estanterías ocuparon  el perímetro del local y quedaron repletas de libros, se convirtió en una librería minúscula, una librería de record Guinness; record de venta por metro cuadrado, desde entonces la llamamos “La Moisería”. Los expositores giratorios para postales, junto con los espejos de la sastrería Román y las motos aparcadas en la misma acera, permanecieron en esa reducida plaza sin nombre, flanqueada por el Hotel San Ramón, hasta que todo se difuminó.

Como  “El Paseante” de Siruela transito por las calles del recuerdo, un viaje conceptual sin itinerario, un espacio voluble sin proscripción, sin mala reputación -me viene a la memoria la letra de esa canción de Paco Ibañez, y la recuerdo con claridad: su contenido y el ritmo-  no me azoran los proscritos, temo al que proscribe, por eso elijo  solo los caminos que conducen al sur; ese viaje lo inicié desde edad temprana, cuando hablaba del iconoclasta sin medir su dimensión, su peso; es cuando  jugábamos a los futbolines, lo más parecido a un deporte que he practicado con destreza, íbamos al Club Universo: jugábamos a los futbolines, escuchábamos la música del tocadiscos y nos sentábamos en las barandillas del Coso; largas horas de verano sentados sin hacer nada, una existencia marcada por las campanas de la Catedral: las campanadas de las dos de la tarde, las campanas timbradas de las nueve de la noche. Por ese local ya habían pasado otros negocios: la exposición de vehículos de la Renault, el bar de la Auxini -la del pantano del Grado, la de los riegos del Alto Aragón-, el local del Auxilio Social durante los primeros años de la post guerra, y antes el Casino de Barbastro. En el local de Miguel Nadal solo se jugaba con futbolines de tipo  Español, llamados de dos piernas, para diferenciarlos del  Internacional o de una pierna. Los jugadores montados en las barras rotantes tenían las piernas separadas: recogían mejor la bola, facilitaban el regate, imprimían mayor ritmo al juego, eran jugadores más fogueados; esas figuras con una mesa de juego de mayor superficie y tablero de uralita producían un ruido atronador. Jugar allí y mover las palancas con soltura requería concentración, seguir la trayectoria de la bola, reflejos; cuando queríamos jugar bien, cuando competíamos en campeonatos de salón, el Universo era nuestro estadio; el Oroel o el Tran Club eran escenarios light.

La Floresta

La Floresta

En la fachada tendida a la Carretera de Huesca, Francisco Zueras dibujó con letra redondilla “La Floresta”, lejos del triunfo de la letra  mayúscula, subido a un andamio, cómo en otras ocasiones, cómo en la bóveda de la iglesia de los escolapios o cuando pintaba el anuncio de “El placer de vivir de chocolates Acín”; calor de hogar en un dibujo, en una  imagen. Los hermanos  Zueras vivían en el Coso, negociaban con las rotulaciones, la pintura industrial, el arte comercial, decían; Francisco daba lecciones de dibujo lineal y artístico,  por las tardes su madre  Adelaida  Torrens subía a la tertulia de la Merced, entre sol y sombras, con Jesusa Lacoma.

La Floresta: ingenio impulsado por Santiago Plana, que la concibió movido por su  innata inquietud junto con Lorenzo Pascau  y Julián Jordán, con más sentido lúdico que crematístico. Juntos formaron una empresa, alquilaron a Ramón Valle unas fajas de tierra situadas en una atalaya natural, y las transformaron en una terraza de verano; una pista de baile ajardinada y distinguida, asomada a la ciudad, desde la que se vislumbraba el barrio del Entremuro en la oscuridad de la noche; todavía no se había construido ninguno de los edificios que ahora la envuelven; ¡la mejor de la provincia! Desde este balcón, procuraron prestigio para la ciudad y a su burguesía de pequeño comercio. Un jardín escalonado con una magnífica iluminación,  para bailar pasodobles y boleros entre veladores, tomar champan semi-seco en copa baja, champan nacional, botellas de cava servidas entre servilletas blancas; bailar, ver y ser visto, pasear  entre los rosales con las mejores galas. Este sueño se hizo realidad en el año 1946.

 La década de los 50-60 fue la época dorada de las orquestas, en nuestro entorno se crearon varias; Santiago Plana consiguió que la orquesta barbastrense Monterrey se creara para actuar en La Floresta  con dedicación; incorporaba un vocalista masculino, algo inusual. Ritmos de pasodoble y bolero que quedaron varados por la irrupción de la balada italiana y la música anglosajona. Aunque su mayor triunfo fue  convencer a Jorge Sepúlveda, contable antes que cantor, en la cima de su popularidad, para actuar en Barbastro, en La Floresta; exigió una megafonía afinada, como su voz, timbrada para huir de la partida doble, de los libros oficiales;  examen para los técnicos de sonido: Ubaldo Ortin y Benito Ribera. Esta fue  la primera  noche estelar; después ya con la SMA proliferaron las primeras estrellas en esta pista de verano.  Además La Floresta ofrecía pista de patinaje sobre ruedas y a partir de 1953 una  bolera, donde se celebraban campeonatos provinciales.

Santiago Plana  se establece en Barbastro de la mano de su madre, con las Sederías Goya- Viuda de Plana, con el carácter de sucesión que aporta este adjetivo, en una época donde las viudas reemplazan a sus maridos, avezados comerciantes que no sobreviven a sus negocios, que mueren en la guerra o después, en la posguerra, que lucharon contra todo,  en continua batalla consigo mismos. Este comerciante siempre mostró una imaginación desbordante que aplicaba a los detalles de su negocio: los escaparates, los tejidos y prendas que compraba para vender, en los textos y diseño de la publicidad del establecimiento, en los que se refería y hablaba, en prolijas narraciones, del Valor inapreciable, o el Principio del bien vestir, para ensalzar sus mercancías.

En los sesenta La Floresta continúa de la mano de la S.M.A. y su presidente José María Mata, en la que se sucedieron actuaciones que conmocionaron a la población, su comarca y la provincia.

La Floresta y Genoveva, llenan un mismo espacio en mi memoria,  ocupaban nuestro territorio de juegos, donde Genoveva, viuda de Valle, guardiana de la fuente de colores, imponía sus reglas e impartía justicia.

Francisco Molina Solana.Articulo Publicado en El Cruzado Aragonés del día 4 de octubre de 2013.

Harri

Francisco Molina Solana. El Cruzado Aragonés. Extra 2013.

Lo conocí en el año 1975, todavía trabajaba en la gestoría; subimos a la oficina con su sobrino,  preparábamos la gala de Santo Tomás, estábamos en la leonera, pero no pasamos del despacho, que separaba con una cortina de lamas rígidas; le pedimos que nos hiciera una composición para la velada que se celebraría en el Teatro Principal. Inmediatamente me ordenó  que me pusiera delante de la máquina de escribir y que mecanografiara cuanto me dictara; un dictado improvisado que requería mucha atención, no  perdonaba la más ligera falta ortográfica, para las otras: las mecanográficas, era muy permisivo. En un instante bajábamos por las escaleras con la composición en el bolsillo. La palabra conductora sobre la que se alcanzaba la rima era Vick Vaporub – sí, aquel ungüento o bálsamo  azulado que se aplicaba sobre el pecho- . De aquella casa me chocaba  la puerta del patio  siempre abierta, creo que por efecto de aquellos años en los que la emisora de Radio Juventud de Barbastro, la gestoría y  después la oficina del Corredor de Comercio, -donde se firmaban pólizas de préstamos y créditos, que no son lo mismo, aunque en caso de impago tengan el mismo efecto demoledor-, exigían un acceso sin dificultad ni preámbulos; también recuerdo los peldaños de madera de la escalera a partir del primer piso; -resultaría difícil subirlas sin ser escuchado-, pensaba.

Cuando estuve en la Línea de la Concepción, casi en la calle Gibraltar, – aquella por la que venía Joselito, en la canción de Raphael-  recibí una carta suya con un elegante membrete al dorso, en el que destacaba su nombre, su profesión y  la ciudad; un sobre de palpable gramaje, como los que utilizaban  los notarios o los cardiólogos notables. “ Paco: la enaneria te escribe entre recuerdos cercanos”…… –durante aquellos años, en el mes de septiembre nos entreteníamos en el bar Victoria al mediodía-  ……”que buenas son la gambas del Victoria, ¡que buenas son, sino dieran picazón! He tenido que prescindir de ellas y de la cerveza porque las noches eran infernales.”  Era septiembre, después de las Fiestas, un mes en el que se disfrutaba del incipiente otoño del Somontano, días de asueto previos al inicio del curso académico, con un Harri fraternal, distendido, incluso diría que algo aletargado.  La carta se interrumpía con: “Me canso. Saludos. Abrazos.”

Ya se ha escrito sobre Enrique Gómez, Harri,  Jarri, o a veces  Harry, aunque él siempre  puntualizó que con i latina; lo han hecho y muy bien, entre otros,  Mariano Gistaín o Manuel Vilas; ahora que me asomo protegido en mi sección: Un instante muchas vidas, me siento en la necesidad de contar. Recuerdo lo sustancial, el ambiente que generaba a su alrededor, cómo narraba sin esfuerzo y con precisión cualquier circunstancia, cómo leía sus cosas: recitando con deliberada entonación nostálgica; cómo la puerta de su casa permanecía siempre abierta, la del patio también, ya lo he dicho; cómo te acogía y te hacía sentar en un sillón, en el que solo podías estar  recostado,  en un sillón cuyo  asiento rozaba el suelo, desde el que escuchabas  con comodidad su conversación, o no, o la conversación que mantenía con los que salían por la  televisión, mientras bebías una cerveza helada en una copa balón casi opaca; desde donde veías su videoteca, ahora ya inútil, por los avances tecnológicos, ¡maldita obsolescencia!  Cinco mil vídeos  de películas grabados con  poca paciencia, nunca la tuvo; ¡su herencia malograda! Eran cifras importantes, como el número de las fichas de la Biblioteca, o las de las reseñas, críticas y films; le gustaba llevar cuentas, sería  fruto  de los años que trabajó en su gestoría, como profesional titulado y colegiado; -me cuesta trabajo imaginar a Harri suscribiendo pólizas de seguros-. De aquella época  conservaba unos cuantos archivadores metálicos de grandes dimensiones, que le servían de caja fuerte; nos hacía demostraciones de su funcionamiento: en el cajón de la F, expediente 89125693; era como cuando probaba la rapidez con la que encontraba un libro en la biblioteca.

La Biblioteca Municipal se inauguró, como era obligado, un 18 de julio, en este caso del año 1950, ocupando los bajos de la entonces llamada: casa de los Argensola. La recuerdo a principios de los setenta  envuelta en una atmósfera algo hostil, alimentada por una férrea disciplina y una decoración rigurosa, casi monacal. Creo que fue en el año 79 cuando, por oposición, Harri se hizo cargo de la Biblioteca Municipal, liberándose definitivamente de la gestoría, su particular tributo. La biblioteca transformada en un local cálido y acogedor, vigilada por la severa mirada de un Joaquín Costa  representado en un cuadro del pintor barbastrense  Tomás Fierro, le proveyó de tranquilidad económica y desarrollo profesional,  hasta su jubilación en el año 1992; hasta ese día disfrutó con su trabajo azuzado por las visitas de sus amigos, su tono vital y la nicotina de los ducados internacional.

Ahora miro y releo la esquela publicada en el Cruzado Aragonés o el recordatorio donde dice, de la forma más aséptica y ortodoxa posible, que falleció el 3 de julio de 1996, sin alusión alguna a su verdadero nombre Harri, sin mención a su talante,  a su genio, a su persona, su verdadera obra. Sin embargo en las esquelas que coleccionada mi vecino José Monterde,  se recogían peculiaridades, en todas ellas, por eso las reunía; eran epitafios perversos, comentarios de esposas aliviadas, referencias profesionales o artísticas, combinaciones de apellidos jocosas, familiares díscolos  …..; tenía un gran número de ellas, pero  el azar jugó su baza, y desaparecieron. Esta familia barcelonesa  llevó una vida singular, sus padres habían  formado un grupo de varietés llamado Les Leoni: notables duetistas  a voz y dicción, que representaban números finos y elegantes, con una rica presentación, como rezaban los anuncios publicitarios; actuaron por todo el país, también lo hicieron en Barbastro, en el Teatro Principal para el día 8 de enero de 1911. Después de la Guerra Civil se trasladan  a nuestra ciudad. Es cuando Ramona, nacida en el Entremuro y esposa  de José Monterde  vivió una ráfaga de vida intensa, en la que  viajó con su marido y sus suegros, cómicos de profesión y viajantes por necesidad,  por todo el país en los años de la posguerra; serán recuerdos, antídotos contra la férula de la edad tardía.

 Where’s Harri? Esta es la pregunta que hicieron unos amigos de París, al entrar en el bar Victoria; nadie supo qué contestar, ni siquiera Cuqui; al cabo entró Harrí:  this is Harri!, this is Harri!,   gritaron los foráneos y repitieron los presentes. Así es cómo Enrique Gómez  se quedó con  Harri para siempre.  Cuando se jubiló  publicó un artículo en el extra del Cruzado que concluyó diciendo: “Puedo meterme en un caparazón y la biblioteca no me necesitará para nada. Pero algunos días volveré a asomarme a ese pozo de sabiduría. Me inclinaré en su brocal y le preguntaré si se acuerda de mí. Es muy probable que diga que, no. Porque, parodiando a Jardiel, la vida no tiene ni freno ni marcha atrás”

Desde la Barbacana

Artículo publicado en el  Cruzado Aragonés el 03.05.2013, en la sección: Un instante, muchas vidas, por Francisco Molina Solana. Fragmento

 Entre el observador y la fotografía siempre hay un grado de interacción; si ésta recoge una imagen de nuestro entorno más Íntimo, de nuestra población, por ejemplo, el componente emocional adquiere primacía. Pero, ¿este proceso puede repetirse hasta el infinito, es decir, hasta la saciedad? Las imágenes – llamémoslas amables- de otros tiempos, nos atraen, nos liberan, nos sinceran o simplemente nos entretienen, pero ¿son tan inocuas como pensamos? La memoria, plena de recuerdos no del todo objetivos, como un sol decembrino nos lleva por caminos aparentemente luminosos, y si no lo impedimos a la nostalgia, tan adictiva como estocástica.
Y si al azar nos referimos, destacaremos de esta imagen tomada desde la Barbacana, en la década de los veinte del siglo pasado, el Circulo La Amistad, donde entre otras muchas actividades se jugaba a la ruleta, al bacarrá…. En realidad solo se aprecia un templete de los espléndidos jardines situados a considerable altura sobre el rio Vero, protegidos del abismo por un ligero pretil. Durante la época estival se daban elegantes bailes en el jardín y en sus lujosos salones. El Circulo La Amistad, ya existía en la segunda mitad del siglo XIX; ocupaba una amplia casa señorial con entrada enfrente del Palacio Episcopal, con una rica escalera imperial que daba acceso a unos salones amplios y de ecléctica decoración. Este edificio había pertenecido, desde el siglo XVI , a la familia Pueyo y en su fachada campeó el escudo de la familia hasta la década de los setenta del siglo pasado; cuando los descendientes se trasladan a Zaragoza, es cuando se instala el Circulo La Amistad, y más tarde las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Contiguo, el edificio de la Casa Consistorial, del que se aprecia uno de las torres y la fachada posterior, la del río; el edificio primigenio fue construido en el XV, por el alarife del Rey Fernando el Católico. Malogrado edificio que sucumbió ante la reconstrucción llevada a cabo en los años cincuenta del siglo XX, con el resultado que conocemos.
En la plaza Guisar destaca la fábrica de harinas de Manuel Español Castro; en este emplazamiento, con anterioridad, un molino maquilero hacía moliendas a cambio de una porción del grano, su maquila. Colindante al ahora llamado Moliné, en el número 4 de la plaza, la tienda de comestibles, vinos y aguardientes de Antonio Bistuer Domper, y la fábrica de gaseosas de Gregorio Micas Villamana, ya al borde del cauce del rio, completan la imagen.
Más allá del arrabal, resalta una línea verde que asciende por la carretera de Graus; por esta vía flanqueada por árboles, convertida en un agradable paseo hasta la acequia, transitaban los paseantes que la ocupaban sin temor al tráfico. En lo alto de la cuesta en 1942 se construye la casa de la familia Lacambra. Al inicio de la misma el asturiano Antonio del Valle Cueto, casado con la benabarrense Rosa Abbad Caso, levanta una vivienda en la finca recién adquirida; una villa neoclásica, con elementos modernista, edificada en 1914, y un jardín donde unos cipreses, con su longevidad romperán el horizonte; también en la instantánea se descubre la villa Adela, al borde de la actual calle Torreciudad. Todas estas edificaciones perduran y singularizan la fisionomía arquitectónica de la ciudad.
En lo alto de un árido altozano la retirada ermita de San Ramón aguarda mejores épocas.
Otro día hablaremos de los proscritos, del archivo fotográfico y documental de la Asociación de Comerciantes de Barbastro, del museo de la historia del comercio que pudo ser, y que debiera ser, del trabajo inconcluso de personas que creyeron, de nuestra tierra.

Plaza Aragón de Barbastro III

Artículo publicado en el  Cruzado Aragonés el 19.04.2013, en la sección: Un instante, muchas vidas, por Francisco Molina Solana. Fragmento

3. En la última fotografía, tomada en 1969, las vallas de cañizo acotan las obras de remodelación de la plaza, que se llevan a cabo según el proyecto del  arquitecto madrileño  Salustiano Albiñana Pifarré.  Se encarga de la construcción el maestro albañil-constructor José Ballarín Tornil.  En la edición del sábado 6 de junio de 1970 del periódico La Vanguardia, se lee:” Ha muerto a consecuencia de las heridas que sufrió en accidente de automóvil , el alcalde de Barbastro y diputado provincial don Rafael Fernández de Vega y Frago. Resultando heridos de menor consideración el arquitecto de Madrid don Salustiano Albiñana Pifarré….”.

En el local ubicado en el actual número 6 de la plaza, se proyectaban películas de cine mudo; en una de las sesiones Angel Tornes pudo ver a su padre que había intervenido en la Guerra de África, mi padre también lo hizo, en el desembarco de Alhucemas, maniobrando con acierto un camión Krupp de 45 cv. La carpintería de Antonio Pera Campodarve y la de Isidro Soler, ocuparon después este local.

La Plaza Aragón de Barbastro II.

Artículo publicado en el  Cruzado Aragonés el 19.04.2013, en la sección: Un instante, muchas vidas, por Francisco Molina Solana. Fragmento

2. En la segunda fotografía  datada en 1957, la urbanización de la plaza, todavía inconclusa, se ha realizado siguiendo los trazos principales del proyecto de Bruno Farina, pero con  modestia, en línea con su denominación: “los jardinetes”. En el cerramiento de la plaza se utilizan los sillares de los muros del antiguo edificio del convento de Los Paúles, que todavía subsisten en la plaza Aragón.

En 1964 el  Ayuntamiento de Barbastro se dirige al ingeniero barcelonés Carlos Buigas – diseñador de la Fuente Mágica de Montjuic- encargando un proyecto de fuente luminosa para los jardines de la estación de autobuses. Le comunican que la ejecución  deberá esperar hasta que dispongan de financiación. La fuente se inauguró en septiembre de 1967, gracias al arrobo del doctor José Ollé, quien encabezó el patronato pro fuente luminosa.

La Plaza Aragón de Barbastro I

Artículo publicado en el  Cruzado Aragonés el 19.04.2013, en la sección: Un instante, muchas vidas, por Francisco Molina Solana. Fragmento

 1.Los restos  del antiguo Convento de Los Paúles  – el muro perimetral – persisten hasta el año 1956;  la corporación municipal había ordenado, por medio de su alcalde Pascual Sanz, el derribo inmediato del edificio,  el día 3 de junio de 1936. La primera imagen –difícil de ubicar-, recoge trabajos de derribo y retirada de sillares de la construcción; varios operarios y vehículos ocupan la escena fechada en 1954. La empresa de Antonio del Valle Jordán es la adjudicataria de esta primera actuación.

Fruto de las políticas de desamortización se adjudicó al municipio de Barbastro, en 1842,el antiguo Convento de Los Paúles para dependencias públicas. En 1852 se establece el Seminario Conciliar en dependencias  sobrantes del edificio no utilizados por estos servicios, y en 1883 el Ayuntamiento cede la totalidad del  edificio al obispado. La Corporación municipal quiso recuperar en 1931 el convento para  instalar  un Instituto de Segunda Enseñanza. En aquellos tiempos convulsos, donde convivieron la inquietud y la confrontación, el miedo no sincerado y la quietud, no hicieron posible la conciliación; sobrevinieron episodios encadenados: desalojos, recursos, pleitos ante distintas instancias, y  asalto; con el resultado de la entrega definitiva del edificio al  Ayuntamiento el 3 de junio de 1936.

 En septiembre de 1948 el prolífico arquitecto zaragozano Bruno Farina, presenta un ambicioso proyecto de plaza y jardín público en el solar del antiguo Seminario –este profesional intervino en numerosos proyectos y  construcciones civiles en Barbastro, destacando la dirección de obra del Cine Argensola-. Concibe la urbanización de la plaza como una prolongación del paseo  ya existente y contempla la construcción de un kiosco para la música, en su extremo más alejado, el de la estación de autobuses, con  una estación de servicio para gasolinera y lubricantes y un kiosco de refrescos con su pérgola. También proyectaba un jardín con macizos de bojes recortados y árboles de sombra. La plaza se cerraría con un zócalo de sillería, pensando en aprovechar los sillares que resultaron del derribo del antiguo seminario.

Casa Cometas.

Artículo publicado en el Cruzado Aragonés día 08 de marzo de 2013, en la sección: Un instante, muchas vidas.

 La suave cuesta de la carretera de Huesca, flanqueada de árboles, salpicada de villas y vagos, se resistía  a  aquellos camiones que enfilando el Coso y necesitados de potencia, se apoyaban  en un  doble embrague que facilitara la maniobra. Se plantaban árboles en las cunetas de las  carreteras, en ocasiones en doble hilera, se decía para dar amenidad y belleza; después se dijo que eran un peligro y fueron desapareciendo.   

Resaltan en esta fotografía de los años veinte, la parte posterior de la finca de los Tarazona y la fachada de casa Cometas, ambas a pie de la carretera de Huesca, todavía sin asfaltar. En la primera  habitó la familia de Vicente Tarazona Fau, acreditado veterinario al igual que su hijo Vicente Tarazona Vilas. En el año 1962 se estableció en los bajos la Caja Rural de Préstamos y Ahorro de la Cooperativa Agrícola de 2º grado, germen de la Caja Rural Provincial de Huesca.

Justo Mora Campodarve –miembro de la familia Comas-, encabezaba sus facturas con el dibujo de un cometa  surcando el espacio,  en cuya cola se leía: Antigua Casa Cometas fundada en 1783. También anunciaba: fábrica de Alfarería; cocción perfecta en hornos modernos de tiro forzado; ladrillos de todas clases y baldosas. Tras el edificio de la familia Comas, en una nave paralela, se ubicaba la fábrica; en los años 30 ésta aparece inscrita a favor de su viuda. El resto de la manzana hasta la calle Carreteras la ocupaba, en mayor medida, distintas propiedades de la familia Lolumo. En los aledaños  también se emplazaba lo que llamaban “La rueda”, explanada con varias eras de pequeña dimensión donde se confeccionaban sogas: se trenzaba el cáñamo sujetando la guía al extremo de un poste y caminando hacia atrás.

En el número 58 de calle Carreteras, se situaba el edificio con galería que se aprecia en la imagen, de  Manuel Lolumo Abadía, próspero propietario e industrial que lideraba el listado de grandes contribuyentes a la Hacienda Municipal. Fue alcalde de la ciudad en el período  1902 a 1904.

Los hermanos Valle Raso, hijos de Mariano Valle Carruesco –quien  desde finales de siglo XIX  vendía materiales de construcción en el Coso-, eran contratistas de obras. En la carretera que vemos en la instantánea adquirieron cuatro solares lindantes; en el actual número 55, Ángel construyó su hotelito: Villa Josefina; en el  53, Ramón construyó la Casa Valle, fechada en el año 1928;  también éste último edificó  y habitó una finca, ya desaparecida,  de estilo modernista conocida por: “Casa de los Pensamientos” – apelativo inspirado en los ornamentos florales que adornaban su ondulante fachada- . Sobre el cuarto solar se proyectó una  edificación que el estallido de la Guerra Civil, dejó huérfano para siempre.

En la década de los años 20 abundaban en Barbastro  industrias de reducida dimensión, que requerían  escasa tecnología, y  abastecían el mercado local y comarcal. Destacaban la industria chocolatera y harinera; también se contaba con fábricas de encurtidos, de jabón y de aceite; Moisés Encinar Sánchez  producía lejías en su fábrica de la lindante calle Aneto; además, en distintos puntos de la ciudad se fabricaban: losetas hidráulicas, yeso, pastas para sopa y gaseosa.

En la matrícula industrial de esta década, quedó inscrito Constancio Rámiz Mur como titular de un taller de herrería mecánica en la Carretera de Huesca. En la parte derecha de la fotografía, entre el follaje de los árboles se llega a descubrir una esquina de su taller.  Publicado en Cruzado Aragonés día 08 de marzo de 2013.