Hippies

Elvira y Adelina, dos mujeres hechas, madres cincuentonas, miran sin pudor ni complejos, -sin torpeza- a este cuarteto de holandeses, que asomados al litoral, lucen y ejercen su hippismo veraniego; acodadas en la proximidad están dispuestas a protagonizar un interrogatorio benévolo, aunque sea sordo o afónico. En el Benelux, en Amsterdam por ejemplo, es fácil encontrar en la barra de algún pub, a alguno de ellos, ahora ya maduros, que te hablan en español de esos pueblos costeros de su juventud. En esta época, año 1969, en las provincias de interior no se veían ni por supuesto habitaban hippies; como mucho en Barbastro, por ejemplo, te encontrabas con algún moderno, o estrafalario o raro. De estos había en todas partes. Luis Carandell decía que el hippie en España era “casi una postura heroica”; lo que abundaba eran los hippies de temporada. La apostura para ir a Ibiza unos días, fumar, beber y vivir tu hazaña. Estos de la fotografía no se defienden de la probabilidad de ser observador, más bien lo buscan, excepto la que se esconde detrás del otro.
El fotógrafo captura a estas mujeres en el centro de la imagen, -ese era su propósito- como protagonistas de la escena, un protagonismo trasversal, compartido con los otros, los hippies; no está probado que lo fueran, aunque sea creíble; tal vez fueran de pacotilla. Ellas, las mujeres procaces que miran, se sujetaron el pelo que el viento cruzado despeinó, el viento que entró por las ventanillas abiertas del coche. Ambas se acercan para asegurar la posición y observar con deleite; una lo hace con cinta blanca y bolsillo de ojal con solapa y la otra con horquilla grande y brazos cruzados. La primera es de Campo la otra es turolense.
Esa misma noche, en la tertulia nocturna de “los Osca”, hablaron de esos hippies que se encontraron en la Rambla de Villanueva y la Geltrú, mientras esperaban que pasara la cabalgata. Solas en esa rambla repleta de gentío, perseguidas por el fotógrafo hasta el muelle de los pescadores, hasta el museo del ferrocarril. Un retratista fotógrafo profesional y francés. Ellas solo hablaron de esos desastrados: del que iba descalzo, del de las gafas sin camisa, de la chica con las rodillas deformes. Después solo el pitido lejano y agónico de algún tren rompió el silencio pausado de la noche.
En la botiga del fondo, bajo unas letras deslucidas, en la bodega bajo el rótulo en cursiva, en la oscuridad de ese celler, se descubre un rostro espectral que mira al autor de la imagen, que nos mira a todos nosotros.  Articulo publicado en El Cruzado Aragonés el día 14 de agosto de 2014. Por Francisco Molina Solana

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