El Club Universo

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Artículo publicado en El Cruzado Aragonés el día 13 de diciembre de 2013. Por Francisco Molina Solana.

Pasar por delante de los espejos de la sastrería Román era una virguería, una atracción de feria, un juego de la geometría que reflejaba figuras deformes en lunas cóncavas o convexas; nadie se resistía a asomarse o ponerse delante de ellos: los soldados de los cuarteles se mostraban por si se reconocían, los niños lo hacían apiñados y muertos de risa, los comarcanos se sonreían; eran un motivo para acordarse de Barbastro. Este sastre se instaló en nuestra ciudad después de aprender el oficio en Barcelona y pasar por París, y lo hizo en la Plaza del Mercado, después abrió taller en la primera planta de casa Palá, una estancia con techos altos y suelo ajedrezado – pienso. La tienda del Coso la inauguró el mismo año que se funda la peña Ferranca, con esos cristales que Martín Pera enmarcó para resistir  la intemperie, roturas y algún intento de robo; espejos  para el recuerdo colectivo que  conserva su hijo Victor.

Pasar por delante de los expositores giratorios  de la papelería Moises y darles un impulso era obligado. Esta papelería abierta en 1936 tenía una puerta con cristales de colores, una vidriera con formas cuadriláteras, sucesión de cuadrados y rectángulos; en su interior estanterías con anaqueles repletos de artículos -en lo más alto papel higiénico “El Elefante”- y el suelo de madera: largas tablas que crujían; lo más vendido: cuartillas y sobres, sobres de todos los tamaños y formas, sobres y cuartillas de luto. Se vendían libros de contabilidad, carteras escolares para todo el bachillerato, revistas de corte y confección; las plumas estilográficas, los bolígrafos Parker y Montblanc eran de estraperlo, efecto de la autarquía –cuando llegaba el viajante, precedido de una tarjeta postal que lo anunciaba,  descubría  un muestrario que ocultaba en el envés del abrigo para elección del comerciante-. Después con los años las estanterías ocuparon  el perímetro del local y quedaron repletas de libros, se convirtió en una librería minúscula, una librería de record Guinness; record de venta por metro cuadrado, desde entonces la llamamos “La Moisería”. Los expositores giratorios para postales, junto con los espejos de la sastrería Román y las motos aparcadas en la misma acera, permanecieron en esa reducida plaza sin nombre, flanqueada por el Hotel San Ramón, hasta que todo se difuminó.

Como  “El Paseante” de Siruela transito por las calles del recuerdo, un viaje conceptual sin itinerario, un espacio voluble sin proscripción, sin mala reputación -me viene a la memoria la letra de esa canción de Paco Ibañez, y la recuerdo con claridad: su contenido y el ritmo-  no me azoran los proscritos, temo al que proscribe, por eso elijo  solo los caminos que conducen al sur; ese viaje lo inicié desde edad temprana, cuando hablaba del iconoclasta sin medir su dimensión, su peso; es cuando  jugábamos a los futbolines, lo más parecido a un deporte que he practicado con destreza, íbamos al Club Universo: jugábamos a los futbolines, escuchábamos la música del tocadiscos y nos sentábamos en las barandillas del Coso; largas horas de verano sentados sin hacer nada, una existencia marcada por las campanas de la Catedral: las campanadas de las dos de la tarde, las campanas timbradas de las nueve de la noche. Por ese local ya habían pasado otros negocios: la exposición de vehículos de la Renault, el bar de la Auxini -la del pantano del Grado, la de los riegos del Alto Aragón-, el local del Auxilio Social durante los primeros años de la post guerra, y antes el Casino de Barbastro. En el local de Miguel Nadal solo se jugaba con futbolines de tipo  Español, llamados de dos piernas, para diferenciarlos del  Internacional o de una pierna. Los jugadores montados en las barras rotantes tenían las piernas separadas: recogían mejor la bola, facilitaban el regate, imprimían mayor ritmo al juego, eran jugadores más fogueados; esas figuras con una mesa de juego de mayor superficie y tablero de uralita producían un ruido atronador. Jugar allí y mover las palancas con soltura requería concentración, seguir la trayectoria de la bola, reflejos; cuando queríamos jugar bien, cuando competíamos en campeonatos de salón, el Universo era nuestro estadio; el Oroel o el Tran Club eran escenarios light.